CUENTO
DE NAVIDAD 2017
LA REVELACIÓN
-¿Pero por
qué, madre?
Ana casi
sonrió divertida al oír la pregunta de los labios de David, puesto que eran las
mismas palabras que habían surgido de su boca cuando su padre le hizo partícipe
de la Revelación. Hacía dos años estándar que no se veían; ella tan ocupada en
sus exploraciones mientras él no hacía más que crecer y crecer.
Habían
pasado los dos últimos días en su nave practicando el juego que a David más le
divertía “en la nave de mamá” y que consistía en dejarse arrastrar al límite
del horizonte de sucesos de un agujero negro para salir hacia el hiperespacio
impulsados por la brutal atracción gravitatoria. El salto del estómago y la
tenue sensación de no ser en el instante del salto hacían que el niño, ya de
bebé, estallara en carcajadas.
Ahora la
contemplaba con semblante serio y algo angustiado. Hacía mucho que no era un niño
y tenía otras diversiones, pero siempre que se veían dedicaban un tiempo a recordar
esos momentos que, no sabemos por qué, son especiales.
Dos horas de inmersión sensorial en la
historia de la especie de la que provenían lo habían dejado exhausto y
perplejo. Miles de años de conceptos que hasta ahora jamás había aplicado a los
seres humanos -guerra, hambruna, rico, asesinato, celos- o algunos tan
abstractos como finanzas, poder, codicia, patria o dinero, que requirieron varios
ajustes sucesivos, se resumían en aquella pregunta:
-¿Pero por
qué, madre?
En aquel
momento no sabía, o no quería saber, cuáles de los muchos ”por qué” que
conllevaba la Revelación, estaría bullendo en la cabeza del adolescente.
Por qué
esperar a los dieciséis años para contarles aquello.
Por qué
aquello era tan importante… y por qué ellos.
Para las
dos primeras Ana tenía una serie de respuestas establecidas por generaciones y
generaciones de psico sociólogos, que iban afinando al fonema sus análisis; no
era de extrañar cuando contaban con tiempo ilimitado. Pero para responder a la
última tendría que volcar todo lo que pudiera del vínculo afectivo que los
unía, y eso seguía siendo impredecible.
La
necesidad de esperar a que la estructura mental de los humanos fuese capaz de
asimilar la Revelación recomendaba que se buscase el momento justo para que
fuese transmitida. El procesamiento de todos los datos de la vida de David
situaba el nivel de madurez idóneo en el mes estándar del día de hoy y por eso
se le había mantenido en la ignorancia absoluta sobre su origen; por su propia
seguridad.
Lo había
recogido en la granja de Adermón, un bello planeta que giraba como podía entre
dos enanas amarillas. El resultado era un continuo de luz suave sobre la superficie
el planeta y que había facilitado que los humanos se instalasen en él tras
haber comprobado la no existencia de vida evolucionada. Más de quince mil planetas
de la galaxia contaban con instalaciones humanas que albergaban a los miembros
más jóvenes de la especie y se convertían en centros de encuentro para todos
cuando retornaban de sus exploraciones.
Ese era uno
de los pocos rasgos primitivos que conservaban de sus ancestros: el placer por
conocer, la necesidad de comprender. Quizás estos habían sido los que habían
salvado a la especie del exterminio y los que estaban detrás del proceso
evolutivo que vivían y del que ya conocían el fin pero no su significado.
David era
el único hijo que tenía y que tendría Ana. Lo concibió con veintitrés años naturales y con él se
cerró el ciclo reproductivo. Una de las consecuencias que tuvo la
reprogramación celular de sus antepasados, ya miembros de esta nueva especie,
fue la limitación reproductiva de los sexos a partir del instante de la
concepción de un nuevo ser y que blindó evolutivamente el futuro cuantitativo
de la especie.
Ana seguía
tendiendo veintitrés años y Josué a punto de los veinticinco. Así seguirían
hasta que el Universo desapareciese o un accidente no dejase una brizna de su
ADN. Hasta uno de esos dos momentos, sus cuerpos se rejuvenecerían
continuamente en un proceso en el que sus células habían aprendido el doble
camino de la apoptosis individual y de la regeneración colectiva de todos y
cada uno de sus órganos, de tal modo que ni la vejez ni la enfermedad, que
observaban en el resto de filos, excepto en los más simples, actuaban en sus
cuerpos.
El momento
reproductivo venía marcado en sus genes y los investigadores de esa materia
habían constatado que ese punto se iba adelantando generación tras generación a
un ritmo desconcertante, pero que seguía coincidiendo con la madurez mental de
los individuos. Ana y Josué habían decidido libremente procrear un hijo y lo
hicieron en el momento en el que sintieron que era el apropiado, muy lejos de
los treinta y cinco años en los que se paró el reloj biológico de sus primeros
antepasados.
Precisamente
de los seres simples aprendieron la técnica de la inmortalidad de las células y
ese descubrimiento marcó el fin de la especie que los precedió. El sueño de la
invulnerabilidad ante la muerte estaba al alcance de la mano, pero su acceso
traería consecuencias fatales, como acababa de aprender David.
Miles de
años de la historia de sus ancestros biológicos, ancestros mucho más musculados
que ellos, con la cabeza más redonda, con dientes más amplios y bocas más
grandes y con pelo en la cabeza y en distintas partes del cuerpo diferenciadas
por el dimorfismo sexual habían sido absorbidos por su joven cerebro. La conclusión
que alcanzó fue que progresaban basados en la destrucción y el enfrentamiento,
tanto con su medio ambiente como con sus congéneres.
Aquellos
seres eran inteligentes, al menos lo suficiente
para conseguir detener el ciclo de envejecimiento tras haber sido
capaces de vencer todas las enfermedades, pero colectivamente carecían de los
valores sobre los que se sustentaba la especie de David y sus antepasados.
Esa
ausencia provocó que aquella humanidad se enfrentase con ansias de aniquilación
entre quienes habían conseguido el ansiado elixir y aquellos con los que no
querían compartirlo, que eran la mayoría de una población de diez mil millones
de habitantes, hacinados en inmensas ciudades, sometidos a los delirios del
mercado, guerras y otras pandemias,
mientras que unos pocos millones, además de vivir en mansiones a la usanza de
los patriarcas romanos, habían concentrado todas sus inversiones en conseguir
el remedio a lo único que los igualaba al resto de la humanidad y a lo que de
ningún modo pensaban renunciar ni compartirlo.
El dinero
no servía para pagar la defensa de los legítimos intereses de los poderosos, ya
que la moneda de cambio era el acceso a la juventud eterna, por lo que se
aceleró la construcción de robots de ataque y defensa, a lo que la humanidad
excluida respondió con más hijos, más robots y más violencia. Ambos bandos
contaban con armamento nuclear, que jugó un puro papel disuasorio hasta el
final, y con medios desarrollados para la guerra bacteriológica, que
abandonaron tras constatar la imposibilidad de limitar sus efectos, y de un
inmenso odio.
Tanto ricos
como el resto enviaron expediciones al espacio exterior y desarrollaron en
paralelo los sistemas de propulsión sobre los que se basaba la actual
tecnología de su especie. La tensión en el planeta era ya insostenible. La
presión demográfica forzó la invasión de las fincas y propiedades de los
poderosos. Centenares de millones de personas murieron en aquellas masacres. Al
final, no se sabe cuál de los bandos primero, uno de ellos, apretó el botón, lo
que provocó la respuesta automática del otro bando y todo rastro de vida
vertebrada desapareció del planeta.
Unas pocas decenas
de miles de humanos era lo que quedaba de la especie inteligente del planeta.
La perspectiva que a todos les dio vivir en aquella inmensidad, la infinita
sensación de su ínfima condición, propició que fuesen amistosos los encuentros
entre los antaño rivales. Y por azar resultó que el fruto de las uniones en el
espacio entre los que mantenían su juventud con el elixir y los herederos de la
humanidad excluida; solo esas uniones y en el espacio, generaron a los primeros
Eternos y antepasados de todos ellos.
Cuando se agotaron
las reservas del elixir todos los que gracias a él se mantenían con vida acabaron
muriendo. Los pocos humanos de las generaciones nacidas en el espacio ocuparon
varios planetas, pero en todos ellos se produjo una involución tecnológica
inducida por el miedo a los resultados conocidos del progreso. Los moradores de
aquellos planetas vivían atemorizados por leyendas y religiones, siendo objeto
de especial atención de los Eternos, en los que el mismo proceso que puso en
marcha la creación de un organismo perfecto en términos bioquímicos, su cuerpo,
fue mejorando el diseño que lo sustentaba.
Los cuerpos
se estilizaron y se alargaron las extremidades, mientras que el cráneo se
estiraba hacia atrás. Los cambios no se limitaron al cuerpo, sino también a las
emociones. Desarrollaron la comunicación telepática sin abandonar la verbal; los
últimos cientos de generaciones ya estaban capacitadas para la telequinesis,
pero seguía limitándose a objetos inanimados. A pesar de que su empatía era
incluso temeraria y por ello, eran absolutamente ajenos al ejercicio de la violencia,
aunque la contemplaban y estudiaban en los
mundos habitados que visitaban, fueron capaces de vagar por el Universo
como observadores neutros que aprendían continuamente de las ilimitadas capacidades
creativas de la vida, buscando respuestas a las dudas que emergían con cada
nuevo descubrimiento.
Su
inteligencia en términos de abstracción no se benefició tanto como el resto del
organismo y seguían dependiendo de la tecnología para absorber el conocimiento
y para sus desplazamientos, pero más allá de sus mayores o menores capacidades
individuales, habían establecido una colonización armoniosa de la galaxia. Sin
embargo, desde el principio se produjo un fenómeno paradójico, como era la
existencia de Eternos que deseaban dejar de serlo. La razón de ello no era más
que las leyes del azar aplicadas al temperamento y que seguían vigentes en su
organismo. Había Eternos que acababan aburriéndose soberanamente y,
sencillamente, se suicidaban lanzándose contra una estrella cualquiera, muchos
de ellos confortados en la creencia de que su muerte no era más que atravesar
una puerta desconocida.
Por ello,
el perfil dominante de la especie era el de investigadores, científicos, seres
insaciables de conocimiento y que llevaban milenios buscando respuesta a una pregunta,
la misma que le formulaba ahora su hijo.
-¿Por qué
nosotros?
La
Revelación no solo reajustaba el cerebro del que la recibiese, sino que
aportaba una perspectiva del devenir del tiempo, en el que el mismo ciclo se
repetía una y otra vez en los planetas habitados por los descendientes de los
humanos marginados y ellos, los Eternos, intervenían en aquellos ciclos. Sabían
cómo intervenían, pero todavía no se había producido el fenómeno en ninguno de
ellos. Aún faltaban unos cuantos milenios de tiempo estándar para que se diese
en el primero de ellos.
Ana se removió
en el asiento del salón de la nave. En el exterior un inabarcable fondo obscuro
era incapaz de tapar del todo la energía proveniente de las galaxias y que brillaba
trasparentando la negra tela a la que llamaban Universo. Miró a su hijo directamente
a los ojos, como si quisiera hundirse en ellos para que comprendiese hasta la
última gota de verdad que había en su respuesta.
-No lo sé, David, pero lo sabremos. Tenemos todo el tiempo
del Universo para esperar. Mientras tanto, en un momento de tu vida sabrás a
qué tienes que dedicar ese tiempo que se nos ha regalado y al que buscamos una
explicación.
LA LUZ
Ruth estaba
a punto de concebir el fruto de su relación con Raúl. Eran ambos los últimos de
los Eternos en edad de concebir y los primeros y únicos que concebirían un hijo
cuya edad de equilibrio idóneo para el conocimiento de la Revelación fuese el
instante de su nacimiento.
Ana y
David, así como muchos otros familiares, seguían de cerca el nacimiento de su
lejanísimo nieto. El resto de Eternos ajenos a la familia también estaban
pendientes de las consecuencias de aquel fenómeno irrepetible.
A poco más de
cuatro años luz de distancia, en un rocoso planeta habitado por herederos de
los excluidos del elixir, un fenómeno en la esfera de los cielos había llamado
la atención de tres magos alquimistas, que tras laboriosos cálculos
determinaron que aquel fenómeno luminoso los guiaría allá donde se iba a
producir un evento extraordinario: Dios
tomaría la forma de un ser humano. Y hacia allí se encaminaron.
El último
esfuerzo de María coincidió con la suave expulsión de aquel Eterno tan especial
del vientre de Ruth, su madre, para desaparecer e integrarse en el feto que iba
a albergar ambos seres en armonía hasta que fuese crucificado por sus
congéneres.
Y en el
momento en que nació Jesús, los Eternos entendieron. Y dejaron de buscar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario