lunes, 4 de diciembre de 2017

CUENTO DE NAVIDAD 2017


LA REVELACIÓN

-¿Pero por qué, madre?

Ana casi sonrió divertida al oír la pregunta de los labios de David, puesto que eran las mismas palabras que habían surgido de su boca cuando su padre le hizo partícipe de la Revelación. Hacía dos años estándar que no se veían; ella tan ocupada en sus exploraciones mientras él no hacía más que crecer y crecer.

Habían pasado los dos últimos días en su nave practicando el juego que a David más le divertía “en la nave de mamá” y que consistía en dejarse arrastrar al límite del horizonte de sucesos de un agujero negro para salir hacia el hiperespacio impulsados por la brutal atracción gravitatoria. El salto del estómago y la tenue sensación de no ser en el instante del salto hacían que el niño, ya de bebé, estallara en carcajadas.

Ahora la contemplaba con semblante serio y algo angustiado. Hacía mucho que no era un niño y tenía otras diversiones, pero siempre que se veían dedicaban un tiempo a recordar esos momentos que, no sabemos por qué, son especiales.

 Dos horas de inmersión sensorial en la historia de la especie de la que provenían lo habían dejado exhausto y perplejo. Miles de años de conceptos que hasta ahora jamás había aplicado a los seres humanos -guerra, hambruna, rico, asesinato, celos- o algunos tan abstractos como finanzas, poder, codicia, patria o dinero, que requirieron varios ajustes sucesivos, se resumían en aquella pregunta: 

-¿Pero por qué, madre?

En aquel momento no sabía, o no quería saber, cuáles de los muchos ”por qué” que conllevaba la Revelación, estaría bullendo en la cabeza del adolescente.

Por qué esperar a los dieciséis años para contarles aquello.

Por qué aquello era tan importante… y por qué ellos.

Para las dos primeras Ana tenía una serie de respuestas establecidas por generaciones y generaciones de psico sociólogos, que iban afinando al fonema sus análisis; no era de extrañar cuando contaban con tiempo ilimitado. Pero para responder a la última tendría que volcar todo lo que pudiera del vínculo afectivo que los unía, y eso seguía siendo impredecible.

La necesidad de esperar a que la estructura mental de los humanos fuese capaz de asimilar la Revelación recomendaba que se buscase el momento justo para que fuese transmitida. El procesamiento de todos los datos de la vida de David situaba el nivel de madurez idóneo en el mes estándar del día de hoy y por eso se le había mantenido en la ignorancia absoluta sobre su origen; por su propia seguridad.

Lo había recogido en la granja de Adermón, un bello planeta que giraba como podía entre dos enanas amarillas. El resultado era un continuo de luz suave sobre la superficie el planeta y que había facilitado que los humanos se instalasen en él tras haber comprobado la no existencia de vida evolucionada. Más de quince mil planetas de la galaxia contaban con instalaciones humanas que albergaban a los miembros más jóvenes de la especie y se convertían en centros de encuentro para todos cuando retornaban de sus exploraciones.

Ese era uno de los pocos rasgos primitivos que conservaban de sus ancestros: el placer por conocer, la necesidad de comprender. Quizás estos habían sido los que habían salvado a la especie del exterminio y los que estaban detrás del proceso evolutivo que vivían y del que ya conocían el fin pero no su significado.

David era el único hijo que tenía y que tendría Ana. Lo concibió  con veintitrés años naturales y con él se cerró el ciclo reproductivo. Una de las consecuencias que tuvo la reprogramación celular de sus antepasados, ya miembros de esta nueva especie, fue la limitación reproductiva de los sexos a partir del instante de la concepción de un nuevo ser y que blindó evolutivamente el futuro cuantitativo de la especie.

Ana seguía tendiendo veintitrés años y Josué a punto de los veinticinco. Así seguirían hasta que el Universo desapareciese o un accidente no dejase una brizna de su ADN. Hasta uno de esos dos momentos, sus cuerpos se rejuvenecerían continuamente en un proceso en el que sus células habían aprendido el doble camino de la apoptosis individual y de la regeneración colectiva de todos y cada uno de sus órganos, de tal modo que ni la vejez ni la enfermedad, que observaban en el resto de filos, excepto en los más simples, actuaban en sus cuerpos.

El momento reproductivo venía marcado en sus genes y los investigadores de esa materia habían constatado que ese punto se iba adelantando generación tras generación a un ritmo desconcertante, pero que seguía coincidiendo con la madurez mental de los individuos. Ana y Josué habían decidido libremente procrear un hijo y lo hicieron en el momento en el que sintieron que era el apropiado, muy lejos de los treinta y cinco años en los que se paró el reloj biológico de sus primeros antepasados.

Precisamente de los seres simples aprendieron la técnica de la inmortalidad de las células y ese descubrimiento marcó el fin de la especie que los precedió. El sueño de la invulnerabilidad ante la muerte estaba al alcance de la mano, pero su acceso traería consecuencias fatales, como acababa de aprender David.

Miles de años de la historia de sus ancestros biológicos, ancestros mucho más musculados que ellos, con la cabeza más redonda, con dientes más amplios y bocas más grandes y con pelo en la cabeza y en distintas partes del cuerpo diferenciadas por el dimorfismo sexual habían sido absorbidos por su joven cerebro. La conclusión que alcanzó fue que progresaban basados en la destrucción y el enfrentamiento, tanto con su medio ambiente como con sus congéneres.

Aquellos seres eran inteligentes, al menos lo suficiente  para conseguir detener el ciclo de envejecimiento tras haber sido capaces de vencer todas las enfermedades, pero colectivamente carecían de los valores sobre los que se sustentaba la especie de David y sus antepasados.

Esa ausencia provocó que aquella humanidad se enfrentase con ansias de aniquilación entre quienes habían conseguido el ansiado elixir y aquellos con los que no querían compartirlo, que eran la mayoría de una población de diez mil millones de habitantes, hacinados en inmensas ciudades, sometidos a los delirios del mercado, guerras  y otras pandemias, mientras que unos pocos millones, además de vivir en mansiones a la usanza de los patriarcas romanos, habían concentrado todas sus inversiones en conseguir el remedio a lo único que los igualaba al resto de la humanidad y a lo que de ningún modo pensaban renunciar ni compartirlo.

El dinero no servía para pagar la defensa de los legítimos intereses de los poderosos, ya que la moneda de cambio era el acceso a la juventud eterna, por lo que se aceleró la construcción de robots de ataque y defensa, a lo que la humanidad excluida respondió con más hijos, más robots y más violencia. Ambos bandos contaban con armamento nuclear, que jugó un puro papel disuasorio hasta el final, y con medios desarrollados para la guerra bacteriológica, que abandonaron tras constatar la imposibilidad de limitar sus efectos, y de un inmenso odio.



Tanto ricos como el resto enviaron expediciones al espacio exterior y desarrollaron en paralelo los sistemas de propulsión sobre los que se basaba la actual tecnología de su especie. La tensión en el planeta era ya insostenible. La presión demográfica forzó la invasión de las fincas y propiedades de los poderosos. Centenares de millones de personas murieron en aquellas masacres. Al final, no se sabe cuál de los bandos primero, uno de ellos, apretó el botón, lo que provocó la respuesta automática del otro bando y todo rastro de vida vertebrada desapareció del planeta.

Unas pocas decenas de miles de humanos era lo que quedaba de la especie inteligente del planeta. La perspectiva que a todos les dio vivir en aquella inmensidad, la infinita sensación de su ínfima condición, propició que fuesen amistosos los encuentros entre los antaño rivales. Y por azar resultó que el fruto de las uniones en el espacio entre los que mantenían su juventud con el elixir y los herederos de la humanidad excluida; solo esas uniones y en el espacio, generaron a los primeros Eternos y antepasados de todos ellos.

Cuando se agotaron las reservas del elixir todos los que gracias a él se mantenían con vida acabaron muriendo. Los pocos humanos de las generaciones nacidas en el espacio ocuparon varios planetas, pero en todos ellos se produjo una involución tecnológica inducida por el miedo a los resultados conocidos del progreso. Los moradores de aquellos planetas vivían atemorizados por leyendas y religiones, siendo objeto de especial atención de los Eternos, en los que el mismo proceso que puso en marcha la creación de un organismo perfecto en términos bioquímicos, su cuerpo, fue mejorando el diseño que lo sustentaba.

Los cuerpos se estilizaron y se alargaron las extremidades, mientras que el cráneo se estiraba hacia atrás. Los cambios no se limitaron al cuerpo, sino también a las emociones. Desarrollaron la comunicación telepática sin abandonar la verbal; los últimos cientos de generaciones ya estaban capacitadas para la telequinesis, pero seguía limitándose a objetos inanimados. A pesar de que su empatía era incluso temeraria y por ello, eran absolutamente ajenos al ejercicio de la violencia, aunque la contemplaban y estudiaban en los  mundos habitados que visitaban, fueron capaces de vagar por el Universo como observadores neutros que aprendían continuamente de las ilimitadas capacidades creativas de la vida, buscando respuestas a las dudas que emergían con cada nuevo descubrimiento.

Su inteligencia en términos de abstracción no se benefició tanto como el resto del organismo y seguían dependiendo de la tecnología para absorber el conocimiento y para sus desplazamientos, pero más allá de sus mayores o menores capacidades individuales, habían establecido una colonización armoniosa de la galaxia. Sin embargo, desde el principio se produjo un fenómeno paradójico, como era la existencia de Eternos que deseaban dejar de serlo. La razón de ello no era más que las leyes del azar aplicadas al temperamento y que seguían vigentes en su organismo. Había Eternos que acababan aburriéndose soberanamente y, sencillamente, se suicidaban lanzándose contra una estrella cualquiera, muchos de ellos confortados en la creencia de que su muerte no era más que atravesar una puerta desconocida.

Por ello, el perfil dominante de la especie era el de investigadores, científicos, seres insaciables de conocimiento y que llevaban milenios buscando respuesta a una pregunta, la misma que le formulaba ahora su hijo.

-¿Por qué nosotros?   

La Revelación no solo reajustaba el cerebro del que la recibiese, sino que aportaba una perspectiva del devenir del tiempo, en el que el mismo ciclo se repetía una y otra vez en los planetas habitados por los descendientes de los humanos marginados y ellos, los Eternos, intervenían en aquellos ciclos. Sabían cómo intervenían, pero todavía no se había producido el fenómeno en ninguno de ellos. Aún faltaban unos cuantos milenios de tiempo estándar para que se diese en el primero de ellos.

Ana se removió en el asiento del salón de la nave. En el exterior un inabarcable fondo obscuro era incapaz de tapar del todo la energía proveniente de las galaxias y que brillaba trasparentando la negra tela a la que llamaban Universo. Miró a su hijo directamente a los ojos, como si quisiera hundirse en ellos para que comprendiese hasta la última gota de verdad que había en su respuesta.

-No lo sé, David, pero lo sabremos. Tenemos todo el tiempo del Universo para esperar. Mientras tanto, en un momento de tu vida sabrás a qué tienes que dedicar ese tiempo que se nos ha regalado y al que buscamos una explicación.  


LA LUZ

Ruth estaba a punto de concebir el fruto de su relación con Raúl. Eran ambos los últimos de los Eternos en edad de concebir y los primeros y únicos que concebirían un hijo cuya edad de equilibrio idóneo para el conocimiento de la Revelación fuese el instante de su nacimiento.

Ana y David, así como muchos otros familiares, seguían de cerca el nacimiento de su lejanísimo nieto. El resto de Eternos ajenos a la familia también estaban pendientes de las consecuencias de aquel fenómeno irrepetible.

A poco más de cuatro años luz de distancia, en un rocoso planeta habitado por herederos de los excluidos del elixir, un fenómeno en la esfera de los cielos había llamado la atención de tres magos alquimistas, que tras laboriosos cálculos determinaron que aquel fenómeno luminoso los guiaría allá donde se iba a producir un evento extraordinario: Dios  tomaría la forma de un ser humano. Y hacia allí se encaminaron.

El último esfuerzo de María coincidió con la suave expulsión de aquel Eterno tan especial del vientre de Ruth, su madre, para desaparecer e integrarse en el feto que iba a albergar ambos seres en armonía hasta que fuese crucificado por sus congéneres.


Y en el momento en que nació Jesús, los Eternos entendieron. Y dejaron de buscar.

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